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El
aceite de 0liva. Manifiesto del
01ivar
El
olivo de Atenea, que en su concepción mítica engendró la cultura
occidental, nos ha regalado el aceite que alimenta y alumbra, que lava y
lubrica, que cura y embellece, el sagrado aceite que unge a profetas y a
reyes, el que nos recibe al nacer y nos despide al morir, el que se
constituye pilar fundamental de la saludable dieta mediterránea y de una
renovada gastronomía.
El
aceite ha alumbrado la cultura andaluza desde que los fenicios procedentes
del país del aceite desembarcaron en Cádiz y encontraron un bosque autóctono
de acebuches sobre el que trasplantaron sus olivos. A su luz escribieron Séneca
y Avicena, San Isidoro y Góngora. Desde que tenemos memoria histórica,
el aceite andaluz ha sido nuestro constante compañero y nuestro don
generoso al mundo: el aceite que alimentó e iluminó Roma y le añadió
una octava colina en el monte Testaccio: el que viajó a América con los
galeones y colonizó las nuevas tierras donde hoy crecen espléndidos
olivare que inspiran versos en el idioma de Cervantes. El aceite ha acompañado,
humilde y constante, al pueblo andaluz en los avatares de su historia.
Esas filas de olivos que trepan a las cumbres y descienden a los valles
sin alterar su formación, este bosque ordenado que constituye uno de los
paisajes característicos de Andalucía, es también el cultivo que genera
más empleo, el que más pueblos andaluces mantiene, el elemento que
contribuye más poderosamente a la cohesión social y territorial de
nuestra tierra, así como al desarrollo rural de sus zonas menos
favorecidas. Por otra parte, las exportaciones de aceite equilibran
nuestra balanza comercial, y contribuyen a difundir en el mundo una imagen
prestigiosa, alejada de los tópicos, y ajustada a lo que el olivo y su
aceite representan: el modo de vida de un pueblo respetuoso con el medio
y, al propio tiempo, una fuente de salud y de bienestar.
Juan Eslava Galán
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