D. Martín del Córdova y Velasco

Martin de Cordova y Velasco

Don Martín de Córdova y Velasco

Texto de Antonio Rivas Morales – Cronista oficial de Alcaudete

Cualquiera que entre en la iglesia del convento de Santa Clara de Alcaudete puede observar que, en el lateral derecho de la misma, existe una capilla a la que da acceso una bella verja de hierro forjado. En su parte superior hay un escudo nobiliario y una fecha.
El escudo tiene las tres fajas (bandas) inclinadas rojas sobre campo amarillo de la familia de los Córdova, que podemos ver con profusión en las paredes de este templo, en el mismo escudo de Alcaudete y en el escudo que adorna la esquina de la “Hostelería del Conde” de Alcaudete. Este emblema nobiliario se encuentra además orlado por banderas, y tiene la cabeza de un árabe sujeto con una cuerda al cuello. La fecha que allí se encuentra es la del 1.604. Hace algunos años se deterioró perdiendo parte de sus elementos. Este escudo perteneció a D. Martín de Córdova, uno de los alcaudetenses más ilustres de todos los tiempos, el cual llenó la segunda mitad del siglo XVI con hechos de armas memorables, registrados en la Historia de España con letras de oro.
La capilla, a la que antes nos hemos referido, se llama de D. Martín. En ella, antes de la Guerra Civil, se encontraba, además de los retratos al óleo de este señor y de otros miembros de su familia, un retablo con pinturas sobre la vida de San Martín y otros lienzos de santos. Todo ello ofrecía un bello y armonioso conjunto artístico. Como ya hemos dicho en otros trabajos, la iglesia de Santa Clara hizo de enterramiento familiar de los Señores y Condes de Alcaudete. Don Martín, hijo del I Conde de Alcaudete, mandó construir esta capilla para su enterramiento particular, ya que no tuvo descendencia, cuando en el 1.600, viejo y cansado, se retiró al convento, en el que una de sus hermanas era abadesa, y otras familiares habían profesado como monjas. En el año 1.604 murió a la edad de ochenta y cuatro años, siendo enterrado, por expreso deseo suyo, en esta capilla. Desconozco si sus restos aún reposan en este sitio, o si, a causa de las muchas reparaciones y modificaciones que se han efectuado en la capilla, en el transcurso de los años, han sido desalojados de la misma.
La gran talla histórica de este personaje merece una más amplia biografía. Si el tiempo y la ilusión no me faltan, en el futuro pienso escribirla.

BIOGRAFÍA

Nació D. Martín en el año 1.520 siendo el cuarto hijo del I Conde de Alcaudete. De él y de sus hermanos decía el poeta cordobés Sancho Rufo que eran “la camada de leones que el conde D. Martín crió en Orán’.
Su infancia la pasó en los lugares en los que su padre ocupó cargos de responsabilidad (Toledo y Navarra), así como en su pueblo de Alcaudete. Las calles del pueblo y la plaza de armas de su Palacio sirvieron de escenario de sus correrías y juegos con los otros niños del lugar. Entre estos juegos era entonces corriente el de las luchas entre moros y cristianos. De este modo se iba ejercitando en lo que después sería su principal actividad: la de guerrear en lucha continua contra los enemigos de España.
Muy joven aún, fue enviado a estudiar a la Universidad de Salamanca, según era entonces costumbre entre los hijos de la nobleza, en especial en aquellos que no eran primogénitos. Sus estudios los efectuó con gran aprovechamiento y brillantez, hasta el extremo de que llegó a desempeñar, como sustituto, una cátedra en aquella Universidad. Pero no era precisamente hacia las letras a donde le conducía su inquieto espíritu. La sed de aventuras y hazañas, común denominador en los jóvenes de aquella época, le impulsaba hacia más altos vuelos. En D. Martín estos impulsos estaban aumentados por los deseos de emular a sus antepasados, y con el ambiente guerrero que en casa de su padre, curtido en cien batallas, se respiraba.

DON MARTÍN EN ÁFRICA

Cuando su padre, a la sazón gobernador y Capitán General de la plaza de Orán, en el año 1.542 preparaba una expedición de castigo contra el rey de Tremecén, por la derrota que éste había ocasionado al ilustre capitán alcaudetense don Alonso Martínez de Angulo, encargó a sus hijos don Martín y don Francisco la preparación de la expedición. Los dos hermanos, con sus bagajes y hombres, se reunieron en Cartagena, a donde llegó su padre, y levaron anclas, todos juntos, el mes de Enero de 1.543.
Llegados a Orán, el Conde, conocedor de las grandes dotes de valentía y prudencia de las que estaba provisto su hijo D. Martín, le confió el gobierno de la plaza, en tanto que él procedía a la conquista de Tremecén. Vuelto el Conde victorioso a Orán, fue recibido a las puertas de la ciudad con grandes muestras de alegría por D. Martín.
Posteriormente, el Conde pensó en apoderarse de Mostagán, y a este efecto formó un ejército en el que D. Martín fue como capitán. En la retirada que se vieron obligadas a efectuar estas tropas se distinguió especialmente D. Martín cuando, alabarda en mano, a la cabeza de dos compañías de soldados de Alcaudete, hizo retroceder al enemigo en un momento muy delicado para las armas españolas.
Dada la gran confianza que el Conde tenía en su hijo, en tres diferentes ocasiones lo dejó como Gobernador de Orán: en 1.547, en 1.550 (por espacio de cuatro años, hasta 1.554), y en 1.557.
En 1.558, cuando el Conde consiguió el permiso y ayuda del Emperador para intentar conquistar Mostagán, D. Martín fue el encargado de recoger y embarcar el tercio de Málaga. A esta empresa fue nuestro personaje como Maestre de Campo del ejército español. Aquella desgraciada empresa hubiera cambiado de sentido si el Conde hubiese seguido la opinión que, varias veces, le dio su hijo; pues éste,, como dice de él el historiador de estos sucesos Diego Suárez: “aunque mozo de poca edad, era prudentísimo soldado, experimentado en la guerra de aquel Reino con moros y turcos, y en todo más astuto y práctico que su padre”.
Desprovisto el ejército de mantenimientos, pues los bergantines de aprovisionamiento habían sido apresados por los turcos, D. Martín era partidario, en contra de la opinión de su padre, de retirarse. Ni entonces se le hizo caso, ni tampoco después, cuando un numeroso ejército de turcos, mandados por Hascén, vino en ayuda de los de Mostagán, y don Martín pidió licencia a su padre para atacarlos rápidamente, pues venían cansados. Erróneamente no se le dio permiso, prefiriendo la batalla en campo abierto. Posteriormente don Martín fue contrario a retirarse con los turcos a las espaldas; pero prevaleció la opinión de la mayoría de los capitanes, que se encontraban medio amotinados. Estos errores le costaron la vida al Conde, que murió pisoteado por sus propios soldados, que desbordados por los turcos, se habían refugiado en Mostagán.

PRISIÓN DE DON MARTÍN

Cobardemente los capitanes españoles, por salvar sus vidas, vendieron sus soldados a los turcos, y al mismo D. Martín, a pesar de que habían prometido a éste no hacerlo cuando, con lágrimas en los ojos, herido y sujeto por los brazos, les había conjurado para que no realizaran tan grandes villanías.
Rescató el cadáver de su padre por dos mil ducados, mientras que él quedaba prisionero de Hascén el viernes veintiséis de Agosto del 1.558.
Estuvo cautivo en Argel durante tres años, en los que pasó toda clase de penalidades y trabajos. En este tiempo promovió una conspiración, con ánimo de sublevar a los cautivos y renegados, que en Argel tanto abundaban, y hacerse con el control de la ciudad. Pero, traicionado por un renegado, quedó frustrado el intento. El año 1.561 su hermano mayor, el II Conde de Alcaudete, D. Alfonso, lo rescató, previo pago de una crecida suma de dinero.
Cervantes, cautivo también en Argel, debió tener noticias de todo esto, pues en una de sus tentativas de evasión trató de enviar, a través de un mensajero, cartas a D. Martín; pero el emisario cayó en poder de los argelinos y su tentativa fracasó, yendo a parar las cartas a poder de los turcos. En una de las mejores obras de este gran escritor, “El gallardo español”, D. Martín y su hermano D. Alfonso salen como personajes centrales de la obra. Por cierto que el autor se ajusta bastante fielmente a la verdad histórica. Uno de sus personajes dicen de D. Martín:

En vuestro pecho mora,
famoso Don Martín, la valentía.
Valeroso Don Martín,
que te precias de otro Marte.

Y en boca de don Martín pone:

Ni de gritos me espanto,
ni de tumulto pagano.
Pienso poner sobre las estrellas
los españoles blasones.

Liberado del cautiverio asistió a su hermano don Alfonso en el gobierno de Orán, luciendo en todo momento arrojo y pericia. Especial mención merece la defensa que hizo en 1.563 de la plaza y puerto de Mazalquivir, puntos estratégicos que, ganados por su abuelo materno, sufrieron aquel año un asedio de muchos días y catorce asaltos generales. Al relatar esta defensa el historiador Diego Suárez llega a decir de él “que se mostró un nuevo Scipión, y más que Alejandro Magno, defendiendo aquella Plaza e importante Puerto”. Elogios realmente desproporcionados.

FAMA Y HONORES

Esta victoria, que referiremos más adelante extensamente, tuvo gran resonancia en toda España, valiéndole la fama, y por la que el rey Felipe II le concedió la encomienda de Hornachos, de la Orden de Santiago, de la que don Martín era caballero. El mismo hijo del Rey, el controvertido príncipe Carlos, previno en la 16ª manda de su testamento que se diese una renta perpetua de tres mil ducados “para D. Martín de Córdova, hermano del Conde de Alcaudete, en premio a la defensa de Mazalquivir, por la voluntad que siempre ha tenido (el Príncipe) en hacer bien y merced a los que aventajadamente sirven”.
Pasado el cerco fue a la Corte. Felipe II mandó hacerle un gran recibimiento, y que, cuando pasase a hablarle, le acompañasen los consejeros. Le regaló seis mil ducados de costas, además de los otros seis mil de renta que le reportaba la ya citada encomienda.
En 1.564 se quedó al frente del ejército de África cuando su hermano, el Conde, pasó a Navarra, de donde había sido nombrado virrey.
En 1.565 fue llamado por el Rey, que lo nombró miembro de su Consejo de Estado y Guerra, casándolo de su mano con Dñª. Jerónima de Navarra, hija y heredera del Marqués de Cortes y Mariscal de Navarra. La ceremonia se celebró en Estella oficiada por el obispo de Pamplona en Enero del 1.565. Por este matrimonio don Martín fue VII Mariscal de Navarra y Marqués de Cortes. De este matrimonio no tuvo descendencia.

DE NUEVO EN AFRICA

Con estos títulos volvió a África, por mandato de Felipe II, como Gobernador de Orán y Mazalquivir y Capitán General del Reino de Tremecén. Gobernó estas plazas con el valor y prudencia en él características, obligando a los reyes de Tremecén a pagar los tributos que su vasallaje a España le exigía, como en tiempos del Conde, su padre.
Como quiera que el rey de Tremecén, Amir Zuleiman, se negase al citado pago, el Gobernador fue contra él presentándole batalla campal. A pesar del gran ejército del rey moro, D. Martín le hizo sufrir una completa derrota, siendo muertos o cautivados la mayor parte de sus enemigos. El mismo Zuleiman cayó prisionero, siendo llevado a Orán. Allí fue muy bien tratado por nuestro Marqués. Aunque el moro le ofreció por su libertad grandes sumas de oro y plata, él con grandeza y liberalidad se la dio con la única condición de que jurase ser perpetuamente amigo del rey de España, y que como vasallo suyo le pagase el tributo convenido desde tiempo atrás. Le hizo incluso hermosos regalos, enviándole finalmente, acompañado de gente de guerra, a su reino.
Esta acción gozó de mucha fama, ya que consiguió a la vez un reino tributario para España, un amigo del Rey, y una tregua en las continuas guerras en el Norte de África. El haber cogido prisionero en combate a un rey le dio derecho a que figurase en su escudo de armas esta figura sujeta por una cuerda al cuello, y al privilegio de entrar en los Consejos Reales con espada.
Dos veces más fue jefe militar de Orán, fortificando extraordinariamente Mazalquivir. En una ocasión interceptó a un destacamento de turcos que venían de Argel para cobrar tributos a los reyezuelos moros, y degolló a más de cuatrocientos hombres del mismo.

VIRREY DE NAVARRA

De Orán pasó a ser nombrado por Felipe II Virrey, Lugarteniente de su Majestad, y Capitán General del Reino de Navarra, como antes lo habían sido su hermano y padre. El nombramiento data de 16 de Enero del 1.589, reemplazando en el puesto al Marqués de Almazán. En Pamplona se afanó en fortalecer sus defensas, en vista de su importancia fronteriza con Francia, en tiempos en los que las guerras con esta nación eran harto frecuentes. Esta fortaleza fue convertida casi en inexpugnable. En este cargo estaba cuando surgieron los problemas con el Secretario Real, Antonio Pérez, en los que intervino de una manera activa.
El Rey lo llamó de allí en 1.595 con intención de mandarlo a Flandes; pero, viéndolo muy viejo, desistió de su propósito.
Le dio entonces la encomienda de Socuéllamos que valía dieciséis mil ducados de renta y unos treinta mil de caídos. Así mismo lo nombró Presidente del Consejo de las Ordenes, cargo que tuvo hasta 1.600 en que, cansado y viejo, se vino a su pueblo de Alcaudete a pasar los últimos años de vida en el monasterio de Santa Clara, en donde murió, como ya hemos dicho, en el año 1.604.

DON MARTÍN Y EL CERCO DE MAZALQUIVIR

Unos años después de la muerte del I Conde de Alcaudete, envalentonado el hijo del célebre Barbarroja, Hascén, por el desastre cristiano de Gelves (1.560), empezó a juntar tropas con el decidido propósito de conquistar Orán y Mazalquivir, últimos reductos cristianos en el Norte de África.
Gobernaba estas dos plazas el bizarro II Conde de Alcaudete, don Alfonso de Córdoba, el cual conocedor de estos propósitos, avisó a España. Felipe II resolvió enviar una escuadra y cuatro mil hombres en su auxilio. Pero la mala fortuna acompañó aquella expedición, pues una fortísima tempestad en la Herradura de Almuñécar dispersó la flota destruyendo muchas naves y muriendo numerosos tripulantes y pasajeros, entre ellos los dos hijos del Conde y su tío, y jefe de la expedición, don Juan de Mendoza.
A las órdenes del Conde estaba su hermano don Martín, ya libre del cautiverio. A principios de Abril del 1.562 un ejército de unos cien mil moros y turcos, protegidos por treinta galeras, acampó a una legua de Orán.
En vistas de la situación se volvió a dar aviso a España, pidiendo a Felipe II socorro urgente. Así mismo se reforzaron las fortificaciones y se acopiaron víveres. El Rey, dada la inminencia del asedio, resolvió enviar una escuadra en su socorro, y dio órdenes a D. Álvaro de Bazán, a los virreyes de Nápoles y Sicilia, y al Gobernador de Milán para levantar el sitio.
Pero los preparativos en aquellos tiempos eran muy lentos y llevaban mucho tiempo. Noticioso de ello, Hascén se puso rápidamente en acción. Orán y Mazalquivir están muy cerca una de otra, tanto que la segunda puede considerarse puerto de la primera, y para la conquista de Orán era necesaria primeramente la de Mazalquivir, considerada como llave de la primera. En Orán estaba D. Alonso, y en Mazalquivir D. Martín.
Hascén embistió primeramente contra el fuerte de San Miguel, que protegía a Mazalquivir. Dada la importancia de este bastión para la defensa de la plaza, y visto que estaba protegido sólamente por un escaso destacamento, don Martín salió al frente de cuatrocientos soldados, y, con arrojo y valentía, puso en huida a sus enemigos, muy superiores en número y pertrechos.
Ante este hecho, Hascén dejó en Orán veinticuatro mil peones y cuatro mil hombres de a caballo, trasladando a San Miguel y a Mazalquivir el grueso de su ejército. Consecuentemente el Conde mandó una compañía de hombres a esta plaza, reforzando así D. Martín la guarnición del fuerte.

CONTINÚA EL ASEDIO

Para que el enemigo no pudiese concentrar todas sus fuerzas sobre Mazalquivir, el Conde hacía continuas salidas desde Orán, quemando las faginas, destruyendo los forrajes, y no dejando un sólo momento de reposo a los argelinos y a sus aliados. En todo momento demostró D. Alonso su valentía y arrojo.
Los dos hermanos se comunicaban continuamente por medio de renegados y con barcas, a través de las cuales pasaban las instrucciones y refuerzos de Orán a Mazalquivir. Los turcos hicieron más tarde imposible estos intercambios ocupando una isla que hay entre las dos plazas.
Así transcurrió un mes. A principios de Mayo una escuadra argelina trajo provisiones, fuerzas de refresco y artillería, con la que los turcos batieron continuamente el fuerte. San Miguel sufrió ocho asaltos, los dos últimos encabezados por el propio Hascén. Se luchó cuerpo a cuerpo con una ferocidad increíble. A pesar de todo, fueron rechazados. Pero rotos los lienzos de las murallas de San Miguel, cuarteadas sus torres, el interior del fuerte en completa ruina, y diezmada su guarnición, D. Martín ordenó la retirada hacia Mazalquivir. Esta plaza agotada por los continuos refuerzos y pertrechos enviados a San Miguel, sólo contaba con 470 soldados útiles y 80 vecinos, disponiéndose a resistir bajo el mando de D. Martín.
El nueve de Mayo los sitiadores dan recia batería a la plaza, mandando a continuación Hascén un parlamentario a D. Martín con el que le ofrecía honrosísimas capitulaciones si entregaba Mazalquivir, ya que resistir era locura, falta la plaza de defensores, y escasa artillería. A esto respondió D. Martín: “La tenemos por el Rey de España, y sólo la rendiremos con la vida. Si tan pobre de defensas está ¿por qué no venís a asaltarla?”.
Dicen los historiadores que en esta defensa hizo el de Alcaudete tan grandes estratagemas, ardides y valentías que más parecían milagrosas que naturales. Durante el cerco, como las vituallas escaseaban, llegose a comer carne de asno y de otros animales. A pesar de ello, D. Martín, para dar sensación de abundancia y bajar de ese modo la moral de Hascén, del que había sido cautivo varios años, en uno de los coloquios que con él tuvo le regaló los dulces que le quedaban de los que las monjas de Santa Clara de Alcaudete le mandaban, y que él tenía en gran estima por su exquisitez y por los recuerdos que le traían de su querido pueblo.
Irritado Hascén por la gallardía y testarudez de D. Martín, el día 20 de Mayo se puso al frente de veinticuatro mil hombres para iniciar el asalto final. Aquella noche el Conde había enviado a su hermano algunos hombres desde Orán. El asalto fue terrible. Los moros llegaron a apoderarse de una torre haciendo ondear en ella su bandera. Pero D. Martín, con ejemplar espíritu, arremetió contra ellos con claro peligro de su vida. La lucha cuerpo a cuerpo fue espantosa. El coraje de los defensores, ayudados por una salida que el Conde efectúo desde Orán en vista de la apurada situación de su hermano, consiguió que el ímpetu de los asaltantes se estrellara en la resistencia de los defensores.

AYUDA DE ESPAÑA

Unas naves cristianas que venían de España, al amparo de la oscuridad consiguieron entrar en la plaza con vituallas, municiones y la noticia de un pronto socorro. Sabedor de ello Hascén decide el uno de Junio dar un asalto general por tierra y mar con todas las tropas disponibles. D. Martín, confesada y comulgada su gente, recorre la línea con un crucifijo en las manos, animando a los defensores a luchar por su fe y por su Patria.
Encabezados por Hascén, los argelinos asaltan desesperadamente Mazalquivir. Los muertos se cuentan por miles. En encarnizada lucha, a punto están de conseguir sus propósitos, cuando los defensores arrojan sobre la compacta masa de asaltantes una serie de barriles de pólvora con la mecha encendida, que al explotar en medio de ellos hacen espantosa carnicería, obligándoles a retirarse.
El dos, el seis, y el siete de Junio vuelve al asalto el de Argel con el alfanje en la mano y la adarga embrazada; pero su desesperada temeridad se estrella siempre con el muro de hierro que forman los españoles, aunque no cede nunca en su empeño.
Felizmente el 8 de Junio llega en socorro de los sitiados la Armada Española, que, persiguiendo a la argelina, le hace perder nueve buques. Al frente de ella vienen los mejores generales: D. Francisco de Mendoza, D. Álvaro Bazán, y Juan Andrea Doria.
En vista de la situación, Hascén manda levantar rápidamente su campamento y huye precipitadamente. Salen al campo las guarniciones de Orán y Mazalquivir, incomunicadas desde el principio del sitio, abrazándose los soldados unos a otros con lágrimas en ojos. Lo mismo hacen los dos hermanos Córdova que se funden en un estrecho abrazo.
Este fue el célebre sitio de Mazalquivir de una importancia histórica extraordinaria, y cuyos protagonistas principales fueron alcaudetenses: los dos hijos del I Conde y los muchos vecinos de nuestro pueblo que los acompañaban.

DON MARTÍN Y ANTONIO PÉREZ

Uno de los asuntos que más conmovieron la opinión pública de aquella época fue el relacionado con Antonio Pérez.
Este secretario de Felipe II, hombre muy influyente y con gran ascendiente ante el Rey, fue encarcelado y procesado por orden del Monarca. Huyó a Aragón donde algunos amigos suyos, basándose en los fueros de aquel Reino, lo protegieron. Allí se le intentó procesar a través de la Inquisición; pero logró huir refugiándose, primero cerca de los Pirineos, y posteriormente en el Sur de Francia. Desde allí intentó la invasión de Aragón y sublevar a este Reino, a Cataluña, e incluso a Castilla contra Felipe II; pero no llegó a lograr ninguno de sus objetivos. Después pasó a Inglaterra en donde publicó sus célebres “Relaciones” que tanto contribuyeron a fomentar la “Leyenda Negra” contra España. Murió en París en 1.611.
Pues bien, muchos de estos sucesos coinciden con la época en que D. Martín era virrey en Navarra. Dada su proximidad a los lugares en los que se desarrollaron estos acontecimientos, también a su elevada posición, este noble se vio intensamente mezclado en ellos.
Así, en carta que escribe don Martín a Felipe II el 4 de Diciembre de 1.591 sobre los sucesos de Aragón y la huida de Antonio Pérez le informa sobre algunos nobles aragoneses (el Señor de Cauca y el Señor de Pinilla) que intentaban detener al Secretario antes de que pasara a Francia. No tenía nuestro virrey mucha confianza en ellos y por eso aconseja al Rey que “convendría, si no cantaba claro, obligarle con violencia”, refiriéndose al Señor de Pinilla.
Cuando después de la derrota de los sublevados aragoneses en Zaragoza por las tropas reales, intentaron muchos de ellos huir a Francia, algunos lo consiguieron; pero no lo logró el Justicia Mayor de Aragón (cargo supremo de la administración judicial de Aragón e intérprete de los fueros de este Reino) el cual disfrazado de molinero intentó pasar a Francia, siendo detenido por los corchetes (funcionarios de la Justicia encargados de prender a los delincuentes) del Virrey de Navarra D. Martín, por querer hacerlo a través de este Reino.
Posteriormente, cuando Antonio Pérez huye a Francia, D. Martín escribe una carta a Felipe II en la que sus nerviosas palabras reflejan el efecto que en él produjo este hecho. Entre otras cosas escribe: “He sentido en el alma…”.
La numerosa correspondencia del Virrey con Felipe II hacía que éste estuviese informado de todo lo relacionado con el célebre Secretario; conociendo por este medio los intentos de sublevar Aragón, Cataluña, e incluso Segovia, así como de la invasión desde Francia. Estos informes los obtenía D. Martín por medio de numerosos espías que tenía a sueldo (Arbizu, José Morbán, Ronnius, etc.).
Fracasada la invasión de Aragón, se trató, dado lo peligrosa que resultaba para España la actividad de Antonio Pérez desde Francia, el acabar con su vida por el medio que fuera. Marañón, en su libro “Antonio Pérez”, da como seguro que el Virrey de Navarra promovió una de las tentativas en este sentido: la protagonizada por Gaspar de Bruces, según se desprende de las “Relaciones” en las que sin nombrarle directamente dice de él que era virrey y le llama “gran caballero que en diferentes circunstancias, siguiendo las pisadas de sus pasos ha conseguido el gran nombre y estima que tiene; pero él obraba mandado por quien ello podía (el Rey)”. El modo tan respetuoso con que Antonio Pérez trata a D. Martín, a pesar de la dureza de las intenciones de éste, se debía a los lazos de amistad que unía al Secretario con la familia Fernández de Córdova, y con el propio virrey, según se deduce de algunos de los papeles de los espías de Bearn, en los que se hace referencia a ello repetidamente.
De todos modos, Antonio Pérez afirma que vio las cartas en las que D. Martín inducía a Bruces a matarle: “apriesa, apriesa (le decía) que si pasa la ocasión no se puede recobrar”. La tentativa no tuvo éxito.
La amistad con el Secretario pudo costar caro a D. Martín, de ahí posiblemente venga el celo y empeño que puso éste en servir al Rey en este asunto. Prueba de esto es que su nombre se vio mezclado con el de Antonio Pérez en las diligencias que la Inquisición hizo sobre el mismo. Así en una declaración que a la Inquisición de Zaragoza hizo Miguel Donlope se dice: “Antonio Pérez ha compuesto un libro intitulado Las aventuras de Antonio Pérez significando en él, el agravio que su Majestad le hacía y la inocencia y poca culpa suya, del cual libro hizo imprimir en Pau más de mil cuerpos, que los ha dividido por todas las provincias del mundo; y tratando con el dicho Antonio Pérez sobre el dicho libro le dijo a éste que era cosa de risa aquel librito y que mucho más de aquello pensaba sacar a la luz; y que algunos tantos impresos del dicho libro ha enviado a Madrid a ciertos amigos secretos suyos, no sabe quienes son; y también a Navarra, a D. Martín de Córdova, el amigo del dicho Antonio Pérez; porque habiendo pasado un conocido suyo a Madrid y aprendídosele el dicho Virrey de Navarra; y así se lo contó a éste el dicho correo en Pau, que es hombre gascón, vecino de Pau”.

Antonio Rivas Morales, cronista de Alcaudete

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